“La luz de un espejo de mano” — Un cuento chino
En la antigua China, la gente solía decir: “El espejo refleja la luz y la luz ilumina el corazón”.
En la ciudad de Jinling, en la dinastía Tang, vivía un artesano famoso por su habilidad para dorar. Su taller era pequeño, pero la delicada danza del pan de oro solía brillar bajo la luz del sol matutino. Cada día, aplicaba con cuidado pan de oro, tan fino como el ala de una cigarra, sobre un pequeño espejo cuadrado, dándole un brillo tan suave como el amanecer.
Un día, llegó una joven viajera, preparándose para un largo viaje. Deseaba llevar consigo algo que guardara recuerdos, reflejara su identidad y la acompañara a través de tierras lejanas. El corazón del artesano se llenó de inspiración: si un espejo de mano podía hacer más que mostrar el rostro, si podía transmitir historias y proteger el espíritu, entonces podría ser un fiel compañero.
Cubrió la tapa del espejo con pan de oro, refinado mediante doce pasos meticulosos, y pintó delicados motivos de orquídeas y aves: orquídeas, símbolo de pureza; aves, de libertad. A la luz del sol, el oro parecía respirar, como si los siglos de la ciudad susurraran a través del espejo.
Cuando el espejo estuvo terminado, dijo:
Un espejo no solo refleja la apariencia; refleja el corazón. Dondequiera que te lleve tu viaje, que te recuerde tu verdadero rumbo.
La viajera llevó el espejo por desiertos, ríos, montañas y tierras lejanas. Cada vez que lo abría, veía no solo su propio reflejo, sino también un fragmento de poesía oriental: el resplandor dorado como la luz de la luna, los pájaros y las flores como un rincón de una pintura china. Fascinaba a la gente de otras tierras y le infundía un sentido de pertenencia, incluso lejos de casa.
Siglos después, la artesanía del pan de oro de Jinling sigue viva, reconocida como patrimonio cultural inmaterial, y espejos de mano como este continúan simbolizando a un compañero gentil, una pieza de cultura, un toque de luz, llevado en la palma de la mano.